Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Iván Valdez-Bubnov]
Quemó, incendió sus naves y emprendió el asedio de la ciudad lacustre hasta destruirla. Hernán Cortés jamás hizo lo primero. Arrasar Tenochtitlán fue un logro de unos centenares de soldados junto a miles de indios, quienes, comandados por el de Extremadura, sitiaron la ciudad mexica de finales de mayo a mediados de agosto de 1521. La frase que afirma “quemar las naves” quizá ocurrió en el lago del valle central de México, a los pies de las montañas, donde la condición geográfica desafiaba. Además, estaban a cientos de kilómetros del mar.
Según las fuentes, Cortés había mandado fabricar dos barcazas para emprender exploraciones en el entorno lacustre. Tenía el apoyo y la autorización de Moctezuma. Pero después de la matanza de 1520 dirigida por Pedro de Alvarado, se declararon las hostilidades entre los huéspedes ibéricos y sus anfitriones. Cuarenta días más tarde, los españoles y sus aliados fueron expulsados de Tenochtitlán; se perdieron caballos, soldados y armas. Sucedió el 30 de junio de 1520 y solemos llamarle “la noche triste”. Y en aquella refriega, los mexicas sí le quemaron las naves.
Sobre los barcos anclados en las costas de Veracruz hay detalles…
Por cálculos y probabilidad, el capitán extremeño quizá ordenó desmantelar lo posible para que, en la contienda por someter Tenochtitlán, se aprovecharan los numerosos materiales reutilizables. Después de la “noche triste” Cortés ya sabía que la única forma de conquistar una ciudad emplazada en un lago era a través del agua. Ahora, tómese en cuenta que en toda expedición de la época siempre estaba incluido, por lo menos, un individuo entendido en la ingeniería de hacer o deshacer un navío sin que necesariamente implicara su destrucción.
Materializar un barco era una inversión cuantiosa. La madera constituía la esencia, pero se requerían textiles y sobre todo, metal transformado en sencillos clavos o en complicadas poleas. Además, nunca está de más una obviedad como la que admite el refranero: “barco que no flota, no hace viaje”.
Las circunstancias climáticas y geográficas que eran nuevas para los conquistadores les imponían que cualquier viaje tuviera sus imprevistos. Decidir cuál era el sitio adecuado para establecer un puerto no era una elección sencilla. Contar con un espacio para anclar las naves también requería instalar astilleros, porque “un navío era la máquina más compleja y costosa de su tiempo. Concentraba en un solo artefacto las tecnologías más avanzadas y las formas más complejas de organización laboral” (Valdez-Bubnov, 2021:7).
El asedio a la ciudad de Tenochtitlán incluyó la construcción de 13 bergantines. De ahí que:
los materiales de los navíos [eran] de un enorme valor… las hipótesis de destrucción por fuego, o hundimiento por barrenado, son poco plausibles ante la imposibilidad de aprovechar los elementos estructurales del casco, sobre todo la clavazón de hierro y otros herrajes como pernos, cerrojos y muchos otros. Estos últimos materiales, en el contexto de una expedición que se adentraba en tierra extraña por tiempo indeterminado, debían tener un valor inestimable (Valdez-Bubnov, 2021:22).
Los materiales se transportaron a lomo de indio, desde Veracruz hasta Texcoco. La madera de aquellos bergantines provenía de los bosques tlaxcaltecas.
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Para mascar a fondo:
Valdez-Bubnov, I. (2021), La conquista y el mar: una historia global, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México.








