Aunque el calendario electoral aún no marca la hora, en Veracruz la política juega a adelantarse a sí misma, como si el tiempo fuera otro recurso manipulable. Las elecciones de 2027 -federales y locales- no solo se anticipan, se deconstruyen en rumores, en versiones que evidencian más la fragilidad del poder que su fortaleza. 

En ese escenario, la administración de Rocío Nahle parece atrapada en su propia narrativa. Un discurso que prometía transformación pero que, apenas 15 meses, exhibe fisuras autoritarias, desdén hacia la prensa y una dificultad estructural para gobernar un estado históricamente indómito. Veracruz no se administra; se interpreta. Y en esa interpretación, el poder se le escapa entre los dedos a la gobernadora.

Como si se tratara de un texto abierto, los significados políticos se desplazan. Así, el nombre de Eric Cisneros Burgos, alias “Bola 8”, reaparece no como actor fijo, sino como signo flotante. Se desliza, según comentarios, hacia Movimiento Ciudadano (MC), bajo la sombra -o la estrategia- de Dante Delgado. La supuesta candidatura por Coatepec no sería un cambio ideológico, sino un desplazamiento semántico: del guinda al fosfo, del poder al resentimiento. El regreso a los orígenes convergentes.

Rocío Nahle intenta borrar a Cisneros del texto gubernamental, pero el margen siempre regresa. Se dice -y en política lo dicho importa más que lo comprobado- que la gobernadora no olvida ni perdona que la campaña que cuestionó su origen veracruzano habría tenido autoría interna. Una herida que no cicatriza, sino que se reescribe.

La posible migración de Cisneros a MC no solo sería un movimiento personal, sino una grieta estructural. Si parte de la militancia morenista decide seguirlo, el partido en el poder enfrentaría una paradoja y su mayor amenaza no vendría de la oposición, sino de su propia sintaxis interna. Morena, más que partido, podría revelarse como un ensamblaje precario de lealtades contingentes.

Pero en este juego de signos, nada es definitivo. El mismo discurso que expulsa puede reincorporar. No sería extraño que, en un giro digno de la política mexicana, el personaje en cuestión sea reabsorbido por la élite morenista, quizá con la intervención de Andrés Manuel López Beltrán, figura emergente en la lógica hereditaria del poder.

Al final, todo es texto. Y en Veracruz, el sentido nunca está fijo, se negocia, se traiciona y, sobre todo, se reescribe.

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